Siempre que vierto el café hirviendo en la taza amarilla, escucho un leve crujido proveniente de la fina grieta que atraviesa todo su canto.
Puedo sentir cómo gana profundidad milímetro a milímetro, y cuando acerco mis labios al borde, me posee el miedo de que se quiebre al menor contacto.
Es así como recuerdo las noches furtivas que nos robábamos aquel invierno,
cuando al separar mi boca de la tuya te miraba y nos sentía a ambos a punto de estallar en mil fragmentos.
delicioso...
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