-Lo que os pasa a vos, es que os duele el mundo-
La Maga, Rayuela (J.Cortázar)
Imagino que este blog, diario, cibercuaderno, ventana exhibicionista al mundo exterior, blablabla... nace de un sentimiento doble de pérdida y de extrañamiento del mundo.
La constatación de saberse ajeno a lo que te rodea, ser consciente de no encajar, por un lado; por otro, de rechazar firmemente lo establecido. Ya que no se trata sólo de una simple cuestión de ser diferente, de ser un incomprendido. En gran medida, es posible -para mí- articular razonadamente el porqué de esta desubicación, encontrar los motivos para mi frustración y mi sentimiento de pérdida: el modo de vida occidental, capitalista, bajo su forma técnico-industrial.
Si durante decenas de años, ha sido un lugar común considerar a personas incomprendidas como unos "adelantados a su tiempo", yo necesito invertir el significado para verme reflejado en ella; yo en cambio soy un "atrasado a mi tiempo".(1)
Echo de menos un estado de cosas, un modo de vivir, que en parte viví y que en parte no he conocido.
Echo de menos cuando el mundo iba mucho más despacio.
Cuando las relaciones sociales y personales eran más directas, y no estaban mediadas por pantallas, webcams, y teclados.
Cuando no hacía falta los móviles porque siempre sabías dónde podrían estar tus amigxs, en qué bares, en qué plazas, en qué parques, y lxs buscabas y a lo mejor no les encontrabas pero en cambio veías a otra gente, y tu noche, tu vida, era inesperada y daba diez mil vueltas.
Cuando no había tuenti ni facebook, pero quedabas una tarde, explícitamente, para enseñarle a lxs colegas las fotos del verano, o las del viaje a tal o cual país.
Cuando escribías cartas de miles de hojas a todo dios, a amigxs súper queridos que se te habían marchado lejos, o a la gente que conocías en la playa, en un campamento. La excitación de abrir el sobre, devorar con ansiedad las palabras. Hasta el regusto asqueroso después de chupar el sello.
Cuando te pasabas horas y horas haciendo mixes cutres en cintas de cassette, cintas de "varios" que regalar a tal novieta del instituto.
Odio las prisas, odio el culto al consumo, a la velocidad, a lo instantáneo, a lo inmediato.
Echo de menos el placer de las labores lentas, las que requieren paciencia, dedicación, esfuerzo. Como cultivar tu huerto, tarea en la que un servidor urbanita está ahora enfrascado, viendo cómo se disfruta cuando ves crecer lo que has sembrado, en la tierra que has limpiado, rascado, arado.
Odio al sistema que hace posible estas cosas, porque en la naturaleza humana no está implícita estas necesidades que nos han inculcado a sangre, anuncio, y fuego.
De ahí parte de mi sentimiento de pérdida.
Por la consciencia de la derrota.
De lo que nos han arrebatado.
La constatación de saberse ajeno a lo que te rodea, ser consciente de no encajar, por un lado; por otro, de rechazar firmemente lo establecido. Ya que no se trata sólo de una simple cuestión de ser diferente, de ser un incomprendido. En gran medida, es posible -para mí- articular razonadamente el porqué de esta desubicación, encontrar los motivos para mi frustración y mi sentimiento de pérdida: el modo de vida occidental, capitalista, bajo su forma técnico-industrial.
Si durante decenas de años, ha sido un lugar común considerar a personas incomprendidas como unos "adelantados a su tiempo", yo necesito invertir el significado para verme reflejado en ella; yo en cambio soy un "atrasado a mi tiempo".(1)
Echo de menos un estado de cosas, un modo de vivir, que en parte viví y que en parte no he conocido.
Echo de menos cuando el mundo iba mucho más despacio.
Cuando las relaciones sociales y personales eran más directas, y no estaban mediadas por pantallas, webcams, y teclados.
Cuando no hacía falta los móviles porque siempre sabías dónde podrían estar tus amigxs, en qué bares, en qué plazas, en qué parques, y lxs buscabas y a lo mejor no les encontrabas pero en cambio veías a otra gente, y tu noche, tu vida, era inesperada y daba diez mil vueltas.
Cuando no había tuenti ni facebook, pero quedabas una tarde, explícitamente, para enseñarle a lxs colegas las fotos del verano, o las del viaje a tal o cual país.
Cuando escribías cartas de miles de hojas a todo dios, a amigxs súper queridos que se te habían marchado lejos, o a la gente que conocías en la playa, en un campamento. La excitación de abrir el sobre, devorar con ansiedad las palabras. Hasta el regusto asqueroso después de chupar el sello.
Cuando te pasabas horas y horas haciendo mixes cutres en cintas de cassette, cintas de "varios" que regalar a tal novieta del instituto.
Odio las prisas, odio el culto al consumo, a la velocidad, a lo instantáneo, a lo inmediato.
Echo de menos el placer de las labores lentas, las que requieren paciencia, dedicación, esfuerzo. Como cultivar tu huerto, tarea en la que un servidor urbanita está ahora enfrascado, viendo cómo se disfruta cuando ves crecer lo que has sembrado, en la tierra que has limpiado, rascado, arado.
Odio al sistema que hace posible estas cosas, porque en la naturaleza humana no está implícita estas necesidades que nos han inculcado a sangre, anuncio, y fuego.
De ahí parte de mi sentimiento de pérdida.
Por la consciencia de la derrota.
De lo que nos han arrebatado.